La eterna melancólica
Cómo cambia la vida y cómo una simple imagen antigua predice el futuro... Ayer por la noche miré una foto que tengo en el corcho en la que salgo con todas mis primas mayores. Natalia tendría diez años , Isabel ocho, Livi y Re seis y yo dos... que por aquel entonces era la pequeña de la familia. Livi sale tapándose la cara, Isabel un paso por delante de nosotras, Re con una mueca de payaso acunando un nenuco y Natalia rodeándome con sus brazos desde atrás haciéndome reir poniendo su barbilla en mi cabeza. En la actualidad, Natalia con 33 años es la que siempre tiene un gesto para sacarte una sonrisa aunque muchas veces sólo sea para hacer llevadero un momento que igual no disfruta, Isabel con 31 se cree por delante del mundo desde que tengo uso de razón, Livi con 29 se sigue ruborizando en los reencuentros y apenas conversa, Re con 29 también, es el alma de los encuentros y en vez de un nenuco ahora acuna a su pequeño Marcos... y yo, con 25, dejándome proteger por cualquiera que se preste... y sonriendo ante el contacto. Curiosamente en la foto hay un espacio a mi izquierda en el que perfectamente caben dos personitas más. Estoy segura que era el hueco de Katia y Dani, que vinieron después... :-)
Todo ésto me hace echar de menos muchas cosas... como por ejemplo el estar los sábados de antaño en Titulcia con mis primas Natalia, Isabel y Livi... y salir al campo con el cazatesoros (era un imán grandísimo con una cuerda). Encontrábamos clavos, tornillos, alguna moneda... y todo eran tesoros que guardábamos en una caja que aún tiene que estar por allí. El despertar de la siesta en Denia y correr atravesando el jardín de la casa de mis tíos para tirarme de cabeza en la piscina, salir, abrir la puerta y encontrarme con la arena de la playa. Las cenas en el Bona Platja, el karaoke... las camas elásticas... los helados de aquella heladería y las napolitanas de chocolate...El hacer los ejercicios de los cuadernos de verano con mi primo en el patio de la casa de mi abuela, en el pueblo, inventándonos los resultados para terminar pronto y salir pitando a comprar regalices. Las noches en el barrio jugando a liebre con los niños de mi calle. Echo de menos la sensación de rabia que me producía que Marta nunca se la quisiera ligar a pesar de que le tocara por regla. Las comidas en casa de mi abuela con mis primos Alberto y Daniel, en las que terminábamos jugando a Boby y Boba (Alberto era Boby, yo Boba...(no podía ser de otra forma) y hacíamos de perros para Daniel... que desde muy pequeño estaba traumatizado por la negativa absoluta de mis tios a tener un perro. Los juegos con César y Jaime en el salón de su casa... que me encantaba. Las cenas en casa de mi tío Jesús, donde cuando llegaba la madrugada mi prima y yo nos quedábamos dormidas en la alfombra debajo de la mesa agarradas de la mano. El descubrir por primera vez el acelerón de los latidos al ver al niño de mis sueños. El pasarme horas improvisando juegos...
Crecer debería ser un delito...




