Carta de aquel invierno...
Hola!
Cómo estás?... Hace que no se de ti, y empecé una tarde cualquiera a escribir esta carta, para terminarla hoy. Espero que tengas unos minutos para ella, y para mí...
Algo me dice que te van las cosas bien, que en algún lugar del mundo te estás riendo de la vida y, robusto como un roble, no te amilanas ante las adversidades. Me alegraría tanto acertar con mi presentimiento... A mi las cosas ni me van ni me vienen, simplemente dejo que vayan y vengan, que me vayan y que me vengan. He de confesarte que me quejo de vicio, porque no me falta de nada durante el día... aunque de noche me falta calor, valor, capacidad de análisis y asimilación al diazepam.
Nos reíamos mucho, verdad?. Es una pena que los tiempos cambien, y más pena es que cambiemos nosotros. Aumentan los problemas y disminuyen las soluciones, nos volvemos prácticos para no encontrarnos con sorpresas... qué gran error. Ya no arriesgamos nada como antes, nos pasamos la vida domando nuestros instintos, esquivando tentanciones y midiendo palabras por miedo a no dar la talla con ellas. Ya no nos decimos "te quiero" o "te echo de menos"... claro, ya no somos niños.
Sigues teniendo a "Bruto"?... mira que era un gato bonito!. Cuántas veces me habré querido parecer a él, con esa independencia elegante que caracteriza a los felinos, dejándose querer sólo cuando ellos quieren. Qué gato eras tú también...
Me voy despidiendo, y como ves, poco te he contado de mi vida... Espero que no te olvides de la persona que siempre se leyó los libros que le recomendaste.
Un beso muy fuerte... Te quiero mucho. Como ves, yo siempre seré una niña.
Rocío



