Atardecer...
Antes de dormir pienso en las cosas que me inquietan, o me preocupan, o incluso soy capaz de estar a punto de dormirme y soñar despierta, cosas buenas, cosas malas, sin confundir sueño y realidad. Hay imágenes que me atormentan, muy de telediario, y es entonces cuando por delante de mí, y más deprisa que la velocidad de la luz, aparece una puesta de sol que me hace entrecerrar los ojos que en sueños tengo abiertos y en realidad cerrados, como las puertas de las viejas ermitas de montaña. Curiosamente ese sol nunca es hijo de un amanecer, será por aquello de que odio con todas mis fuerzas madrugar. No se si esa imagen llega a mí a través de una fuerza mayor que se sensibiliza cuando ejerzo de humana atormentada por fantasmas del pasado, presente, y futuro, o simplemente es un mecanismo de defensa de mi mente, que borra las imágenes negras que rechinan dentro de mí, a golpe de sol rojo y naranja. A continuación viene la imagen de un embarcadero... siempre me han gustado de una forma especial, siempre que me he sentado en uno tenía la sensación de haber estado allí, de ver barquitas moviéndose al compás de lo que queda de las olas rabiosas que rompen en las rocas, aunque esas barquitas nunca estuvieran delante de mis ojos. Me gusta la brisa que aparta el pelo de mi cara, es como si por curiosidad preguntara al embarcadero: "Mira esta cara, la conoces?" y el embarcadero respondiera: "Sí, siempre ha estado aquí sentada con nosotros". De momento, siendo cómplice conmigo misma, no he conocido forma más dulce de verme las caras con Morfeo que ésta...

